abundan los “reactivos”
Caso 1
En Administración Pública, abundan los “reactivos”, activos y pasivos.
No podría individualizar en este momento, pero de todos los perfiles, creo que los más nocivos para la organización del trabajo, son los/as que disocian (y mal que me pese, en general son mujeres), los /as que creen que a partir del sufrimiento se llega a alcanzar los objetivos.
Caso 2
Yo considero que esa persona es reactiva porque mientras estamos trabajando se acerca a cada persona y le corrige cómo debería ser o debería actuar, generando incomodidad en el ambiente y el trabajador no responde, sólo responde con personas que no tiene nada que ver y de mala manera.
Caso 3
Yo conozco a una persona de este tipo pero no puedo clasificarlo; con los clientes en comercial es súper dócil, colaborador, proactivo, pero en problemas personales con su esposa no lo es, pues se comportaba, agresivo, ofensivo, tóxico y es donde uno se pregunta esta persona no es autentica sino circunstancial.
Caso 4
Conocí, o mejor conozco una persona que le encanta amargar el rato de las personas cuando están en un buen ambiente, es decir: no le gusta la música, las risas, se enfurece cuando una persona está tomando tinto y busca la charla, además le encanta que las personas trabajen más de la normal, el ve en eso productividad, tú eres buen empleado en la medida en que te quedes más tiempo laborando y sin pago de extras porque es súper tacaño, le duele como si el dinero lo colocara de su bolsillo, para trabajar con él se le lleva la idea. Lo peor es que es el director de área.
Caso 5
Don pepito una empleado de la oficina ha trabajado 9 años como consultor de servicio al cliente y hace 2 años tuvo un ascenso a gerente de proyecto es una persona inteligente y conoce del negocio pero su forma de liderar como padrino es interesante es de los que participa, habla, pone su punto de vista ante figuras que tienen poder pero con las personas que tiene a su cargo e iguales agrede verbalmente. El bruto su falta de inteligencia aparece frecuentemente como también disocia y detiene procesos “sabotea” los trabajos y a los reconocimientos les quita el valor.
En Administración Pública, abundan los “reactivos”, activos y pasivos.
No podría individualizar en este momento, pero de todos los perfiles, creo que los más nocivos para la organización del trabajo, son los/as que disocian (y mal que me pese, en general son mujeres), los /as que creen que a partir del sufrimiento se llega a alcanzar los objetivos.
Caso 2
Yo considero que esa persona es reactiva porque mientras estamos trabajando se acerca a cada persona y le corrige cómo debería ser o debería actuar, generando incomodidad en el ambiente y el trabajador no responde, sólo responde con personas que no tiene nada que ver y de mala manera.
Caso 3
Yo conozco a una persona de este tipo pero no puedo clasificarlo; con los clientes en comercial es súper dócil, colaborador, proactivo, pero en problemas personales con su esposa no lo es, pues se comportaba, agresivo, ofensivo, tóxico y es donde uno se pregunta esta persona no es autentica sino circunstancial.
Caso 4
Conocí, o mejor conozco una persona que le encanta amargar el rato de las personas cuando están en un buen ambiente, es decir: no le gusta la música, las risas, se enfurece cuando una persona está tomando tinto y busca la charla, además le encanta que las personas trabajen más de la normal, el ve en eso productividad, tú eres buen empleado en la medida en que te quedes más tiempo laborando y sin pago de extras porque es súper tacaño, le duele como si el dinero lo colocara de su bolsillo, para trabajar con él se le lleva la idea. Lo peor es que es el director de área.
Caso 5
Don pepito una empleado de la oficina ha trabajado 9 años como consultor de servicio al cliente y hace 2 años tuvo un ascenso a gerente de proyecto es una persona inteligente y conoce del negocio pero su forma de liderar como padrino es interesante es de los que participa, habla, pone su punto de vista ante figuras que tienen poder pero con las personas que tiene a su cargo e iguales agrede verbalmente. El bruto su falta de inteligencia aparece frecuentemente como también disocia y detiene procesos “sabotea” los trabajos y a los reconocimientos les quita el valor.
Cuidado con los jefes psicópatas
Hay 4 tipos de superiores que perjudican el desarrollo de su equipo, explica Jorge Llaguno Sañudo; pero existen otros 2 casos donde ellos aprovechan su situación de poder para dañar a sus colegas.

Ante un jefe psicópata lo mejor que puedes hacer es alejarte, o puedes salir perjudicado. (Foto: Jupiter Images)

Los jefes psicópatas o deshonestos pueden convertirse en un problema que afecte a toda la organización. (Foto: Jupiter Images)
La perfección que nos lleva al fracaso
Por: Jorge A. Llaguno Sañudo*
Una vieja broma de oficina suele decir que en la antigüedad había calabozos de apenas cuatro metros cuadrados, pero ahora gozamos de libertad laboral en diminutos cubículos de 2 metros cuadrados. Y se agrega que en aquellos viejos días existían crueles y despiadados carceleros; ahora, en cambio, tenemos jefes. En efecto, la palabra jefe no siempre tiene una connotación positiva en el entorno profesional. Pero debería.
La jefatura implica un principio de poder y de autoridad, indispensables para coordinar y hacer más eficiente el trabajo de un grupo humano de composición diversa. El poder emana de la cúspide de la organización, e implica un ejercicio sobre la voluntad de los subordinados para imponerles guía y límites. La autoridad proviene de la base de la institución, y significa un reconocimiento tácito de los subordinados sobre las capacidades y alcances de quien los encabeza. El poder ‘se comparte' desde arriba. La autoridad ‘se gana' desde abajo.
Idealmente un jefe tendría ambos componentes: poder y autoridad. Esto no siempre ocurre. Cuando el jefe cuenta con poder formal, pero no con la autoridad, es más común encontrar descontento y malestar en los subordinados.
La falta de autoridad puede ser producto de tres distintos factores: desconocimiento, percepción de incapacidad o deshonestidad. La segunda es debida a que el jefe ha incurrido en faltas y actitudes que han comprometido su imagen ante quienes tiene a su mando. La tercera es debido a un comportamiento pernicioso, con ausencia de valores específicos.
En cualquiera de las primeras dos causas, es natural experimentar un cierto grado de inseguridad. En la tercera ésta no existe debido a los supuestos de actuación del jefe pernicioso. Una persona funcional buscará ganarse la autoridad mediante un balance entre exigencia y confianza que deposita en su equipo de trabajo. Cuando hemos fallado, lo peor que podemos hacer es esconderlo, pues esto muestra falta de seguridad, y confirma temores en los subordinados sobre su incapacidad.
Algunas personas, incapaces para manejar esta inseguridad, generan comportamientos disfuncionales. Aquí analizamos algunos de ellos.
El Micromanager (también denominado "Control Freak"): obsesionado con los pequeños detalles del proceso. Al querer intervenir en todos los elementos, centraliza las decisiones, obstaculiza los avances y se convierte en un verdadero tapón que detiene el crecimiento de los subordinados, de su equipo y de toda la organización. Supone que toda la gente bajo su cargo es inepta y por eso él o ella debe supervisar cada acción de manera personal. Como a Pigmalión y su escultura, las personas a su cargo tienden a ‘cumplirle la profecía' y se quedan enanos, justo como el jefe suponía que serían. Los costos son obvios: ganamos un súper operario, y a cambio perdemos capacidad estratégica y fortaleza en el equipo.
El Déspota o Tirano: Se centra en alcanzar su objetivo personal aun a costa de su equipo de trabajo. Sus demandas son exageradas y sus reprimendas, humillantes. Se considera a sí mismo una persona de resultados, pero en realidad se refiere a los suyos, sacrificando el largo plazo por el corto. Cuando algunos de sus dirigidos crecen debido a la presión que ejerce, la mayoría terminan por recurrir a estratagemas poco éticas para conseguirlos. Es común que tras la gestión -aparentemente exitosa- de un jefe tirano, con el tiempo se descubran fraudes, o faltas administrativas graves, cometidas generalmente para cumplir los objetivos.
El Ausente: Centrado en los más atrayentes y sutiles misterios de la estrategia, pareciera incapaz de establecer una dinámica sana de comunicación frecuente con su equipo para la burda y terrenal operación del día a día. Dicta ciertas guías -a veces crípticas, como lo hacían los dioses griegos- y luego desaparece, dejando al equipo sumido en la confusión y la incertidumbre. Si el equipo es maduro y experimentado, probablemente agradezcan la libertad de actuación. Cuando el equipo es novato, o tienen poca experiencia trabajando juntos, el vacío de poder generado por el patrón produce tensiones y desgaste innecesario, además de resultados erráticos, debido más a la falta de consejo y orientación, que a problemas de aptitud en los empleados.
El Indeciso: Genera sentimientos más apasionados entre sus equipo. Va por la vida experimentando un miedo atroz a equivocarse y opta por el tortuoso camino de no decidir nada y no tomar nuevos rumbos.
Existen otros dos tipos de jefes disfuncionales cuyo análisis va más allá de los alcances de esta nota: el deshonesto y el psicópata. Ambos utilizan la organización para cumplir sus objetivos personales, sacrificando a los equipos de trabajo a su cargo. El primero lo hace sólo por la recompensa material (dinero, sexo, poder), pero el segundo lo hace como un patrón de conducta -mucho más peligroso y dañino. Ante estos casos la única alternativa plausible es denunciar y alejarse lo más pronto posible.
Y esto provoca un círculo vicioso: provocan menos reconocimiento, lo cual confirma su inseguridad y refuerza los comportamientos disfuncionales. Si no se rompe el círculo, la moral de todo el equipo se vendrá abajo y, con frecuencia, los mejores elementos se irán de la organización, mientras que el resto modelarán su comportamiento a los deseos de este jefe, copiando sus actitudes.
*El autor es profesor de Factor Humano en el Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE), donde se especializa en temas de cambio en la vida profesional, estilos de mando, cultura organizacional y aprendizaje en la organización.

Ante un jefe psicópata lo mejor que puedes hacer es alejarte, o puedes salir perjudicado. (Foto: Jupiter Images)

Los jefes psicópatas o deshonestos pueden convertirse en un problema que afecte a toda la organización. (Foto: Jupiter Images)
La perfección que nos lleva al fracaso
Por: Jorge A. Llaguno Sañudo*
Una vieja broma de oficina suele decir que en la antigüedad había calabozos de apenas cuatro metros cuadrados, pero ahora gozamos de libertad laboral en diminutos cubículos de 2 metros cuadrados. Y se agrega que en aquellos viejos días existían crueles y despiadados carceleros; ahora, en cambio, tenemos jefes. En efecto, la palabra jefe no siempre tiene una connotación positiva en el entorno profesional. Pero debería.
La jefatura implica un principio de poder y de autoridad, indispensables para coordinar y hacer más eficiente el trabajo de un grupo humano de composición diversa. El poder emana de la cúspide de la organización, e implica un ejercicio sobre la voluntad de los subordinados para imponerles guía y límites. La autoridad proviene de la base de la institución, y significa un reconocimiento tácito de los subordinados sobre las capacidades y alcances de quien los encabeza. El poder ‘se comparte' desde arriba. La autoridad ‘se gana' desde abajo.
Idealmente un jefe tendría ambos componentes: poder y autoridad. Esto no siempre ocurre. Cuando el jefe cuenta con poder formal, pero no con la autoridad, es más común encontrar descontento y malestar en los subordinados.
La falta de autoridad puede ser producto de tres distintos factores: desconocimiento, percepción de incapacidad o deshonestidad. La segunda es debida a que el jefe ha incurrido en faltas y actitudes que han comprometido su imagen ante quienes tiene a su mando. La tercera es debido a un comportamiento pernicioso, con ausencia de valores específicos.
En cualquiera de las primeras dos causas, es natural experimentar un cierto grado de inseguridad. En la tercera ésta no existe debido a los supuestos de actuación del jefe pernicioso. Una persona funcional buscará ganarse la autoridad mediante un balance entre exigencia y confianza que deposita en su equipo de trabajo. Cuando hemos fallado, lo peor que podemos hacer es esconderlo, pues esto muestra falta de seguridad, y confirma temores en los subordinados sobre su incapacidad.
Algunas personas, incapaces para manejar esta inseguridad, generan comportamientos disfuncionales. Aquí analizamos algunos de ellos.
El Micromanager (también denominado "Control Freak"): obsesionado con los pequeños detalles del proceso. Al querer intervenir en todos los elementos, centraliza las decisiones, obstaculiza los avances y se convierte en un verdadero tapón que detiene el crecimiento de los subordinados, de su equipo y de toda la organización. Supone que toda la gente bajo su cargo es inepta y por eso él o ella debe supervisar cada acción de manera personal. Como a Pigmalión y su escultura, las personas a su cargo tienden a ‘cumplirle la profecía' y se quedan enanos, justo como el jefe suponía que serían. Los costos son obvios: ganamos un súper operario, y a cambio perdemos capacidad estratégica y fortaleza en el equipo.
El Déspota o Tirano: Se centra en alcanzar su objetivo personal aun a costa de su equipo de trabajo. Sus demandas son exageradas y sus reprimendas, humillantes. Se considera a sí mismo una persona de resultados, pero en realidad se refiere a los suyos, sacrificando el largo plazo por el corto. Cuando algunos de sus dirigidos crecen debido a la presión que ejerce, la mayoría terminan por recurrir a estratagemas poco éticas para conseguirlos. Es común que tras la gestión -aparentemente exitosa- de un jefe tirano, con el tiempo se descubran fraudes, o faltas administrativas graves, cometidas generalmente para cumplir los objetivos.
El Ausente: Centrado en los más atrayentes y sutiles misterios de la estrategia, pareciera incapaz de establecer una dinámica sana de comunicación frecuente con su equipo para la burda y terrenal operación del día a día. Dicta ciertas guías -a veces crípticas, como lo hacían los dioses griegos- y luego desaparece, dejando al equipo sumido en la confusión y la incertidumbre. Si el equipo es maduro y experimentado, probablemente agradezcan la libertad de actuación. Cuando el equipo es novato, o tienen poca experiencia trabajando juntos, el vacío de poder generado por el patrón produce tensiones y desgaste innecesario, además de resultados erráticos, debido más a la falta de consejo y orientación, que a problemas de aptitud en los empleados.
El Indeciso: Genera sentimientos más apasionados entre sus equipo. Va por la vida experimentando un miedo atroz a equivocarse y opta por el tortuoso camino de no decidir nada y no tomar nuevos rumbos.
Existen otros dos tipos de jefes disfuncionales cuyo análisis va más allá de los alcances de esta nota: el deshonesto y el psicópata. Ambos utilizan la organización para cumplir sus objetivos personales, sacrificando a los equipos de trabajo a su cargo. El primero lo hace sólo por la recompensa material (dinero, sexo, poder), pero el segundo lo hace como un patrón de conducta -mucho más peligroso y dañino. Ante estos casos la única alternativa plausible es denunciar y alejarse lo más pronto posible.
Y esto provoca un círculo vicioso: provocan menos reconocimiento, lo cual confirma su inseguridad y refuerza los comportamientos disfuncionales. Si no se rompe el círculo, la moral de todo el equipo se vendrá abajo y, con frecuencia, los mejores elementos se irán de la organización, mientras que el resto modelarán su comportamiento a los deseos de este jefe, copiando sus actitudes.
*El autor es profesor de Factor Humano en el Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE), donde se especializa en temas de cambio en la vida profesional, estilos de mando, cultura organizacional y aprendizaje en la organización.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
